Ochavillo en las vivencias de Manuel Delgado
 
Mi Camino
 

Hace unos días que volví de recorrer tierras de Zamora, Orense, Pontevedra y A Coruña, hasta Santiago de Compostela. Ha sido una experiencia que quisiera poner en limpio, porque es indudable que me ha servido de clarificación, de encuentro conmigo mismo, de encuentro con otras personas, con un paisaje, unas culturas y una forma distinta de ocio.
Salí de Córdoba hacia Zafra a las tres de la tarde del viernes 23 de julio, con una bicicleta desmontada y, según supe después, pesado de equipaje. Coincidí en el autobús con Jorge Casasola, un cacereño representante de bicicletas Orbea, pegamos la hebra todo el viaje que nos pareció corto. Jorge terminó recomendándome un restaurante en Zafra: “La Tertulia” en la que es cocinero su suegro Juan Fernández, con el que me invitó a seguir la misma charla, cosa que hice saboreando sus estupendas sardinas en escabeche, y sus croquetas.

Al llegar a Zafra, David, que limpia la estación de autobuses, me ayudó enormemente permitiendo que guardara la bici hasta la mañana siguiente. En el albergue, Laura me dio una habitación con dos camas y baño interior, que sería el mejor hospedaje del recorrido. Allí conocí a Jesús, un peregrino en su décimo camino, aunque me dijo que el primero lo inició como fruto de una broma. Viene caminando desde Sevilla y está preocupado por el calor y la soledad del camino en esas tierras extremeñas, que no le permite alargar las etapas para asegurarse llegar en el tiempo previsto.

Después de un largo y aburrido viaje hasta Zamora, monto la bici y en ella una cantidad de equipaje que no preveía sería motivo de asombro de todos los “bicigrinos” que me encontraría en el camino, pues decían que llevaba el baúl de la Piquer montado en la bici.

A las cinco de la tarde del sábado, con un calor enorme, salgo de Zamora y me encuentro al salir con la primera cuesta que me hace comprender que vengo a sufrir. Sin embargo, sé que no habrá obstáculo que me detenga, pienso solamente en mi objetivo de hoy que es llegar al primer albergue que me dé tiempo y tenga fuerzas. En Montamarta encuentro a la entrada dos puestos de melones y sandías. Una buena tajada me repone para llegar a un albergue desierto en el que figuran los teléfono de dos personas que cobran los cuatro euros del hospedaje y tienen la llave. Empujo la puerta y compruebo que está abierta. Otro cartel interior informa de que si nadie viene a cobrar los peregrinos dejemos lo estipulado en el buzón. Me acomodo, pongo a cargar el móvil y al rato llamo a uno de los números. Cuando ya creía que dormiría solo, se presentan dos ciclistas, Carlos y Cristian, que me miran con algo de desconfianza cuando me muestro abierto a comprar, hacer y compartir la cena. Son jóvenes, de Madrid y, por tanto, precavidos. Entre unas cosas y otras, se nos hace tarde para comprar la cena y vamos juntos a cenar al único bar del pueblo. Les extrañan que los invite a unas coca-colas. Poco a poco se van abriendo y me cuentan que éste era un viaje proyectado como despedida, para que si, tras el traslado de Cristian a Tenerife, la vida los separaba, los dos tuvieran el recuerdo de haber hecho algo grande, juntos.

Salgo temprano dejando a los chavales dormir. Les pongo en el sillín de sus bicis, a cada uno, un dulce, y salgo a hacer la primera etapa real. Estoy contento, el paisaje me reconforta, los pájaros cantan y el fresco me anima a dar pedales. Cruzo un pantano y después me paro a desayunar en el restaurante que preside desde un otero la mejor vista del lugar. Me atiende una colombiana que me da bicarbonato, limones y azúcar, para aliñar mi agua. También me hace la primera foto. Salgo con la idea de parar en Moreruela de Tábara, algo me dice que debo parar a ver a mi primo José, aunque me retrase. Lo encuentro mal, con depresión. La visita, que evidentemente le sorprende, puede que le haya sido de alguna utilidad. Tiene 71 años y lo conocí el anterior verano. Vivía allí desde que se casó en el País Vasco, al que llegó de niño con su madre Rosario Merichar tras morir mi tío José Delgado. Tras morir su hijo mayor en un accidente le queda Carmen que le ha dado un nieto. Aprovecho la visita para abrazarlo y decirle que venga pronto a las Pinedas y a mi casa. Me obsequia con fruta que pronto será provechosa.

Nada más volver al camino, me alcanzan los chavales. Juntos llegamos a Tábara, donde busco sin éxito la credencial del Camino. Me sellan un papel y continúo solo, esperando que pronto me alcanzarán Carlos y Cristián. Lo hacen 11 km después en Ferreras de Abajo, donde he parado para descansar en la terraza de un bar. Resulta ser un lugar ideal para comer a base de tapitas y pinchos a 30 céntimos. Vemos allí la carrera de motos y después salimos por un recorrido alternativo hasta el final de etapa, que hemos acordado será en Rio Negro del Puente. Descubrimos una magnífica playa fluvial llegando a Camarzana de Tera, donde hacemos parada para echar una siesta. Después seguimos 20 km más que se me hacen muy complicados por las continúas subidas y bajadas. Por fin llegamos al albergue, dejamos las bicis, nos ponemos el bañador y vamos a darnos el baño que hemos perdonado en Camarzana. Salimos con hambre de pasta y no había más que dos platos, que compartimos en un restaurante en el que no fueron especialmente amables.

A la mañana siguiente, vuelvo a salir temprano para Puebla de Sanabria. Dejo dormir a los chavales con otro dulce de recuerdo ya que no pensaba verlos más ya se quedaban con una amigo suyo en Requejo. Me paro en Monbuey a desayunar y comprar provisiones, el pan no lo venden en bollos, ya que sólo fabrican piezas de kilos y dos kilos. Una señora, que observa mi asombro, me da un trozo. Compro chorizo y cecina en la tienda de quien me animó, desayunando, a no temer a los puertos del día siguiente. Sigo el camino para llegar a las once al albergue Casa Luz de Puebla de Sanabria. Han sido solo 35 Kilómetros fáciles.

Me reciben Manuel y Lucía, los tíos del dueño del albergue privado. Me enseñan las instalaciones que son buenas y limpias y me dan mucha confianza para que me sienta como en casa. Tienen un huerto con unas judías estupendas. Me regalan una lechuga para una ensalada que pienso acompañar a un buen chuletón de ternera que compraré en la carnicería cercana. Antes me han llamado los chavales que van llegando a Puebla de Sanabría porque a Carlos se le había olvidado su credencial en mi bolso, y pasan a recogerla. Allí sí nos despedimos pues ellos continúan a Requejo y será difícil que coincidamos. Sin embargo, tras su ida, descubro que en mi bolso un sobre de Cajamadrid con 150 euros. También son de Carlos que, cuando lo llamo, ruega al dueño del albergue de Requejo que lo baje a recogerlos. Éste aprovecha para ver el albergue y me dice que le dé recuerdos al Ochavo. ¿? , Se trata del dueño de Casa Luz. Antonio, que así se llama, me cuenta que su padre puso el nombre de “El Ochavo”a su primer comercio, y se quedó de apodo a toda la familia. Vaya coincidencia, no solo la del nombre sino la de que si no se deja Carlos el dinero olvidado en mi bolso, cuando nos bañamos en Río Negro, nunca hubiera sabido nada de los Ochavos de Puebla de Sanabria.

A las doce y media llegaron al albergue Manuel y José Luis. Son casi de mi edad, de un pueblo de las Urdes, y no están muy de acuerdo en quedarse. Les aconsejo que se queden ya que no son horas de empezar a subir dos puertos, el pueblo tiene mucho que ofrecer y el albergue está muy bien. Se quedan, porque además tienen problemas de marchas y frenos en las bicis, y se van a comer. Después de comer coincido con ellos en el patio esperando al mecánico de bicis que llega muy tarde lo que nos permite concedernos un poco. Después salir juntos esa tarde-noche a conocer el pueblo y cenar. Nos reímos mucho, nos hicimos amigos. Terminaron abriéndome a trastienda de sus pesares, y me contaron, cada uno, cómo habían quedado viudos hacía poco. Supe que este viaje les vendría bien, por muchas cosas, entre otras cosas se apartaba del escenario del dolor: el ambiente del pueblo y los recuerdos los asfixiaba.

Pasé mala noche, casi no dormí por culpa de la cena y los afamados habones de Sanabría, esos que si, estando allí no los comes, es como si vas a Zaragoza y no ves el Pilar. Salí preocupado por los puertos del Padornelo y la Canda. Manuel, el tío del Ochavo, me dijo el día anterior que no sería el primero que volvía sin subirlos, pero que allí tenía donde quedarme lo que quisiera. Salimos muy temprano, Manuel, José Luis y yo. A nueve kilómetros Requejo da la bienvenida a las primeras rampas del puerto. Comprobé que no podía, ni debía, seguir el ritmo de mis acompañantes. Yo no tenía preparación previa y había pasado mala noche. Me despedí de ellos. Los tres lamentamos tener que separarnos. Le echaban ellos la culpa al mucho peso que yo llevaba. Me hicieron una foto para mostrarla en su pueblo. No los volví a ver auque nos fuimos llamando. Supe después que fueron hablando de mí en los siguientes albergues. En Laza y en Orense me preguntaron si era yo el Manolo, el cordobés, nada más llegar.

El puerto del Padornelo tiene más de 6 Km. de subida dura, casi constante, por la Nacional 525, que ha quedado casi desierta por la construcción de la Autovía de las Rías Bajas. La mayor parte de ese puerto lo subí a pie. Algún tramo me salí al camino, para volver a la carretera antes de meterme en un atolladero peligroso, hasta para los que iban a pie, como pude comprobar desde lo alto de unos viaductos altísimos, de cientos de metros, que salvaban profundos valles. El sudor continúo y la respiración agitada me obligaban a controlar la hidratación, el ritmo y a centrarme en el objetivo de llegar a la cumbre, costara lo que costara, porque después venía la bajada y si estaba muy mal hay un pueblo con albergue. Nunca te crees que detrás de la próxima curva no esté la cima. Todas las referencias fallan. Lo que abajo te parecía increíble, es lo cierto: la cima estaba en el mismo sitio que los molinos de energía eólica que veía en un horizonte, tan imposible de acceder que si me dicen que hasta allí llega el puerto, las piernas se me doblan antes de empezar. Un túnel cierra el puerto en su oscura humedad. Lo cruzo subido a la bici gritando como un poseso en su interior para celebrar la victoria.

La bajada es pronunciada, peligrosa. El firme está deformado, los frenos no me responden como yo pensaba y el peso me obliga a forzarlos. Termino la bajada y empiezo una subida menos pronunciada. Me animo porque la Canda es más corta, son las once y creo tener fuerzas para otros tres kilómetros de subidas, si son como las que llevo. El terreno es arbolado y las sombras cobijan mi camino. Pasado el pueblo y el albergue, es cuando compruebo que el puerto empieza más arriba, que no hay un árbol, y ahora sí que aprieta “el lorenzo”. A pie, con mucho agua, que reposté en un pueblito anterior, y gracias a una parada de autobús cubierta, me salvo, quizá, de un golpe de calor. Al límite de unas fuerzas que no sabía que tenía, llegué a otro túnel en la cima del puerto de la Canda. El túnel vacío, oscuro en su semiabandono, chorreando agua por las paredes y el techo, amenazan con sumirme en pensamientos claustrofóbicos, que despejo con gritos entre alegres y algo ansiosos esperando ver la luz al final de la larga curva que va haciendo el buco. Con la luz no llega la cuesta abajo, queda aún otra subida que parece más larga por lo inesperada.

Creía que llegaría pronto a A Gudiña, ya en Galicia, tras una larga bajada. Pude comprobar que así era cuando paré en el Restaurante “O Cañizo”, (“todos los dias pulpo a feira”, ponía el cartel de la entrada). Allí pedí un acuario y llené la cantimplora. Me dijeron que ya era todo para abajo durante 10 km. Mintieron. Fue la primera de muchas mentiras y ambigüedades de los gallegos a los que pregunté en este viaje. Soy enemigo de los tópicos pero, según mi experiencia, si tienes una certeza, pregúntale a un gallego, y tendrás dos dudas. Lo más cercano a una respuesta confirmatoria de una buena dirección, un “sí va bien” por ejemplo, será “más u menos”. Después de recorrer 10 km de rompe todo, las piernas y el alma, no sé bien cómo, llegué a A Gudiña. Como pude me duché y a duras penas llegué al Restaurante el Refugio del Peregrino, donde dije: “agua y pasta”, con dificultad. Me mojé todo de cintura para abajo al no ver que estaba escanciando el agua en la copa puesta boca abajo, al estilo de Tip y Coll. Dos novios de la mesa de al lado me miraron con lástima mientras comí poco porque el cansancio me cerró el estómago. Estaba solo en el albergue y eso me ayudó a dormir cuatro horas seguidas hasta que llegó la hospitalera. Era poco agraciada, de mirada hosca, y cuerpo varonil. Cuando le di confianza empezó a hablar hasta por los codos, aunque no recuerdo de qué pues ya era difícil para mí mirarla a la cara para hacer como que escuchaba, mientras mi cerebro desconectaba y se afanaba en lo práctico de la supervivencia, en comprar fruta para merendar y algo para la cena y el desayuno. La interrumpí, cuando entendí que tendría que volver a cerrar el albergue a las diez, para pedirle el favor de que me hiciera esos “mandaos”. Aceptó, y la alegría que me produjo a mí, también le iluminó la cara a ella, ya era mucho más guapa. Me puse con la colada, que acompañé con una selección de lo que me iba a llevar para el resto del viaje. Con lo más pesado, menos útil y de menor valor llené una bolsa de más de cinco kilos, que dejaría atrás. A pesar de ello he llegado al final a Córdoba con bastante ropa sin usar.

A la mañana siguiente, como cada mañana, todo era limpio y fresco, me sentía liberado, con el lastre soltado, el camino interior ya había marcado que las cosas son obstáculos para alcanzar la meta, que nos atan, y que si no tenemos más remedio que despedir incluso a los amigos, y seres queridos, debemos estar prestos a no ser esclavos de los objetos. El paisaje era irreal, contradictorio, para Galicia. Me encontraba en la llamada Sierra Seca y no había ni un pueblo digno de ese nombre en ese discurrir por sus cumbres romas, entre la solana y la umbría, casi sin un árbol, solo “vendas”, en las que no había un alma. De pronto el camino baja un largo tramo por la umbría, donde casi me quedo congelado, ahora comprendo lo útil de los periódicos que usan los ciclistas. Como pude tiritando llegué al pueblo de Campobecerro, donde me puse un rato al sol, comí y subí a pie el pueblo por una calle que subía soleada. Me paré con un paisano mayor que regaba cebollas, a hablar de huertos. Tenía las patatas que habían empezado ya a secarse y debían de salir muy buenas.

Un kilómetro más arriba debí tomar una decisión difícil, ante una gran Cruz de Madera bajar hasta Laza por el Camino de tierra, o subir más de un kilómetro empinadísimo por carretera para bajar por ella. Cuando llevaba unos cientos de metros por el camino, algo me dijo que no debía seguir por él, iba solo y una caída en la bajada me podías costar cara. Cuando llegué arriba comprobé que estaba en lo cierto, el camino serpenteaba por laderas que eran casi precipicios y casi cerrado por monte bajo. Siete kilómetros de bajada, los frenos a tope no paraban la bici, solo disminuían la marcha. Con mucho miedo pasado llegué al lecho de un río cerca de Laza. Junto a un puente un matrimonio salió a la carretera, mientras oía el sonido del agua al caer. Me dijeron que había un gran salto de agua. Precioso, de lo más bonito de Galicia, me dijeron que estaba entrando por medio de una zarzas, donde escondí la bici, a 500 metros. Después de andar esa distancia y más no encontré nada y volví por mis pasos. Cuando iba llegando a la bici, sentía que ruido era cada vez mayor. A mi izquierda encontré dos cascaditas a unos 50 metros de la carretera.

Con tanto calor como en Córdoba, llegué a Laza a las 12, el albergue era moderno nada funcional pues estaba acristalado sin poder abrir espacios por lo que funcionaba como un invernadero. Ese día de calor intenso era irresistible, permanecer en su interior. Tras una ducha pedí información por el Restaurante Casa Lola, pero la distancia y otras informaciones me inclinaron a escoger el Bar Picotas, lleno de fotos del famoso carnaval o “entroido” de Laza. Una comida estupenda me dieron tres mujeres típicamente gallegas. Sin posibilidad de elegir, pasta buenísima y providencial, costillas a la braza, patatas fritas y mucha ensalada, para terminar con una magnífica tarta de almendra. Todo por nueve euros, con café y orujo. Estaba lleno un pequeño altillo en el que los comensales eran sentados juntos en mesas de al menos seis. Yo empecé con dos viejitos y terminé con dos compañeros de fatigas, dos pamplonicas que venían haciendo el camino desde Sevilla en bici. Me contaron que ellos seguían después de comer pero que seguro que llegaría uno de Córdoba llamado Carlos. Me arreglaron los frenos y siguieron camino con un calor que no sé como aguantarían después de las costillas, aunque discutieron ante mi propuesta de ir a darnos un baño a la piscina construía en el río. Allí me encontré con un matrimonio alemán, mis dos únicos compañeros de albergue hasta ese momento y nos reímos porque el agua estaba helada para mí y estupenda para ellos. Cuando volví ya estaban intentando hacer la cena pero no podían poner en marcha la vitro. Les dije que siendo marca BOSCH, la culpa de que no funcionara era de sus paisanos alemanes. Fui a buscar ayuda para poner en marcha la vitro a Protección Civil, que son los encargados de los albergues. Después al restaurante descartado al medio día y que, según me dijeron era digno de ver. Estaba cerrado. Como no tenía mucha hambre, compre ensaladilla, sardinas en lata y fruta, y me fui al albergue. Los alemanes estaban acompañados de dos ciclistas, pero ninguno era Carlos. Eran alemanes, aunque uno de ellos se dirigió a mí en un perfecto español, ya que era hijo de emigrante español del norte de Cáceres. Ellos se fueron pronto a cenar, me quedé un poco con el matrimonio alemán y después éstos se fueron a compartir con los ciclistas la sobremesa al Bar Picotas. Llegaron cerca de la una, algo tocados del ala por la bebida, y me despertaron rompiendo un plato en la cocina. Después de otra mala noche me esperaba un puerto que resultó ser la piedra de toque de este viaje, 12 km de subida con distintos niveles y 70 km hasta Orense.

Salí antes de los alemanes que ya sabían que era inexperto y por eso me dijeron que aunque no madrugarían mucho, me cogerían por el camino. No fue así, el puerto es verdad que fue duro, más que ninguno de este camino, más que el Padornelo y la Canda juntos, que también fueron menos duros que el de San Martiño después de la subida de tres km a la salida de Orense, pero ese día las piernas cogieron el ritmo bueno desde el principio, ese que te hace subir sin sufrir demasiado, el que no te engarrota y te asfixia. Salió una mañana nublada. Cuando llegué arriba me ví obligado a ponerme el chubasquero porque la niebla calaba y helaba el sudor del cuerpo. Que bien me sentí cuando miraba abajo y veía el valle de donde había partido. Me sentía en plenitud, no había sido la fuerza sino la confianza interior profunda en que vencería cualquier dificultad, lo que había aligerado mis piernas, para que buscaran esa fluidez constante, me sentía uno con la bici, uno con la montaña y el paisaje. Subía disfrutando porque la cima estaba en cada pedalada y algo de mí ya había subida antes que mi bici. Desde ese momento, conociendo el perfil del resto del Camino hasta Santiago, estaba seguro de que el fracaso no tendría ninguna oportunidad.

Ese día hasta Orense predominaba la bajada y los frenos me iban mejor, ya no tenía dolores en los pequeños músculos de las manos de tanto apretar los frenos. Si se me hizo más duro fue porque dejé la carretera para seguir por el trazado del camino, y me perdí. Como este camino no es de los que tienen más tradición, y es el menos concurrido, tiene muchas deficiencias y esas cosas pasan. Tras mucho preguntar, al final de una subida con plato pequeño volví a la carretera que ya no dejé hasta Orense donde llegué sin parar casi a las dos de la tarde.

Ducha rápida, comida estupenda y, lo más grato del Camino: termas que son un pecado no aprovechar en Orense. Hay muchas públicas y gratis comunicadas por un trenesito de esos para turistas, a lo largo del Río Miño. Yo estrujé todas sus posibilidades terapéuticas en las mejores de las dos privadas: Termas de Ountarik: un placer de dioses. Todo era nuevo para mí, que nunca estuve en balnearios. Dos horas de spa con todo lo que yo no había visto nunca y un masaje de 50 minutos que me dejó nuevo, solo costaron 36,60 euros. Antes de ir debo contar que, en la Plaza Mayor de Orense, esperando el trenesito de las cuatro, un barrendero de nacionalidad francesa me dijo que habían inaugurado un spa el día anterior en Las Burgas, había que bajar unas escaleras importantes pero cuando llegué estaba cerradas y operarios trabajaban para poner aún a punto las instalaciones municipales, ya inauguradas. Cuando volví ya se había ido el tren por lo que junto a un puesto de la ONCE, me dispuse a esperar casi una hora junto a un termómetro que marcaba 40º, empecé con la chica invidente que lo llevaba, cuando me salieron por una callejuela los alemanes de Laza en bici. Se alegraron de verme y tras los saludos de rigor me devuelven el reloj con pulsómetro que me dejé en Laza. Cuando le explico la casualidad de vernos ya que ellos habían decidido parar a ver el centro de la ciudad y yo por ir a las Burgas y perder el trenesito de las cuatro, me dice riendo el de origen español: “son las cosas del Camino”

Los invité a un café porque habían comido y seguían por la tarde, pero ellos prefirieron dos jarras grandes de más de medio litro de cerveza. Me alentaron a llegar pronto el viernes a Santiago para que me mencionaran en la misa del peregrino a las doce. Eso me hizo descubrir mis cartas y decirles que yo tenía otros motivos, con todos los respetos a los suyos. Les dije que para mi no era importante ni la compostela, ni los ritos, aunque sí lo eran fomentar la espiritualidad, así como compartir los mejores mensajes de todas las creencias religiosas o no, algunos tan auténticos como el de Cristo en el Sermón de la Montaña. Sin mucho convencimiento insistieron en que les gustaría verme no obstante.

Después de finalizar el baño termal, el trenesito que recorre todas las termas, se retrasó a la vuelta y yo y otros peregrinos llegamos después de la hora de cierre al albergue. Junto a ellos, que eran catalanes de origen andaluz, compartí la cena, después de que los que ya dormían nos abrieran. Eran todos de a pie y, ya sabía que comienzan muy temprano sus etapas. Sin embargo, uno de ellos me estaba esperando, por lo que se levantó a hablar conmigo. Era Paco, que salió de Granada, aunque es de Priego, me dijo que tenía curiosidad por conocerme, que los extremeños de Puebla de Sanabría le habían hablado de mí. Esperó incluso a que comiera para presentarse porque no se hablaba con los catalanes, porque, según él eran muy insolidarios, solo peleaban por una cama, dejando en la estacada a los enfermos como una chica que él había llevado al Hospital, que venía con él desde Salamanca y tenía un problema digestivo. Al día siguiente, él la esperaría en Cea donde ella intentaría llegar en autobús al día siguiente y, si podía, seguiría los 9 km que faltaban hasta Castro Dozón. Tenía muchos caminos, no me dijo cuantos porque no le gustaba darle importancia a eso. Si me dijo que, siendo profesor, uno de los dos meses no lectivos eran todos los años para el Camino. Cuando le dije: “y el otro para la mujer”, me dijo, con un tono de amargura, que estaba divorciado. No tuvimos tiempo más que para apuntar y adivinar que era mucho lo que podríamos tenido para compartir, y, de alguna manera, habíamos compartido sin tiempo y sin palabras.

Todos los andantes salieron inmediatamente antes que yo por la mañana. Cuando cerré tras de mi la puerta y me dispuse a subir a la bici, comprobé que había dejado dentro la botella de agua de la bici con dos latas de acuario en su interior. Solo quedaba dentro la peregrina enferma, la amiga de Paco, me resigné a ir buscando bebida por el camino y salí con dificultades de un ciudad a primera hora de un jueves, y a subir una pendiente muy pronunciada, sobre todo al principio. Dos kilómetros después encontré un mesón y llegué a tomar café y ver cómo resolvía el problema del agua. La mejor forma fue una botella pequeña y cuadrada de agua, que bailaba un poco entre los alambres en el cuadro. Para ajustarla un poco, a la chica le pedí un “cartoncillo”, ella me miró ofendida y me dijo “va a ser que no”. Su padre y yo la miramos extrañados, y ella me preguntó: “¿para qué quiere un calzoncillo?”, y a los dos se nos escapó una carcajada, igual que a ella cuando entendió su error.

Subida la primera pendiente, en un falso llano había un pueblo en el que paré a comprar algo de fruta y encontré, en las botellas de yogur líquido, la solución al problema del agua. La dependienta era sorda, pero se apañaba bien en una tienda que tenía de todo como las del Oeste, era, entre otras cosas, ferretería y frutería. Al mismo tiempo servía de centro de referencia social. Leí un cartel y comprobé que era el nunto de recaudación de donativos para las fiestas, porque, según un cartel en galego, un grupo de mozos no se resignaban a que no las hubiese. Ponía cada uno 120 euros, dejando al resto que dieran en la tienda lo que quisieran y en fusión de lo que se sacara se traería una orquestina o un trío, y si se recaudaba mucho pues habría música más de un día.

Seguí por un terreno en dientes de sierra, como toda Galicia creo, y de pronto empieza una subida que al principio creo es como todas, pero que termina siendo otro puerto, el de San Martiño de 885 metros, que es ya el punto más alto que voy a subir hasta Santiago, he subido bastante si tenemos en cuenta que empecé en Orense a 174 metros de altitud. Pero efectivamente el terreno pica para abajo. Hay subidas pero menores que las bajadas. Llego a Lalin y allí me desvío a la izquierda para Santiago. Paro a cuarenta kilómetros de la meta a comer en un Restaurante Parrillada, que no me gustó demasiado, si quitamos unos pulpos pequeños a feira con patatas. Decido que no seguiré por la tarde, ya que no tengo albergue y más adelante no hay con seguridad, así que me quedo en Silleda en un colegio de religiosas, que está bien pues tengo habitación individual con dos camas por cinco euros. Aunque no tiene cocina, voy a por unas cosas para cenar y, por fin, me encuentro con Carlos el ciclista cordobés, de Puente Genil por más señas, que está exultante porque va a llegar mañana habiendo salido de Córdoba. Le propongo volver juntos pero no hay acuerdo en nada. Él quiere quedarse una noche más para darse una justa recompensa en forma de arroz con bogavante y una buena habitación de hotel, facturar la bici y volar a Málaga donde le recogerán. Yo tengo claro, ante eso, que si puedo salir inmediatamente por la mañana en autobús no tengo interés en darme homenajes, que no sean en mi casa, viendo a los míos que no quieren otro regalo que a mí con la Compostela.

Así lo hago, salgo pensando que no sea muy fuerte la subida después del río Ulla, que da entrada a la provincia de A Coruña, que me encontraré a medio camino. Un poco antes encuentro a Franco, un italiano ya mayor, que la noche anterior había dicho de salir a las dos de la mañana, pero que debió salir después de Bernardo un montañero de Vigo, que hizo con él todo el camino desde Sevilla. Él salió a las tres y lo encontré cerca de Santiago creyendo que su amigo iba por delante. Llegué a las 9:55 a ver las torres de la catedral y a las 10:05 a la cola de la Compostela. Con ella en la mano, pedí que me hicieran una foto y crucé la plaza del Obradoiro camino de la Estación de Autobuses.

En Alsa solo encontré billetes a Madrid, pero desde allí había plazas en Socibus a la 1 de la mañana para Córdoba. Me lavo un poco y me cambio de ropa en los servicios, como un buen bocadillo de tortilla de patatas y cargo el móvil. Mientras, un matrimonio y su hijo, que quiso ayudarme a conectar al wifi de la estación para sacar el billete de Madrid a Córdoba por internet, sin éxito, me guardaron la bici. El padre me dijo que iban a empezar el Camino por Piedrafita, la fe y la alegría de poder cumplir una promesa por alguna petición muy importante, según intuí, les iluminaba la cara. Eran felices, estaban abiertos a los demás y, trasmitían una vibrante alegría y bondad. Esos sentimientos que te permiten conectar con el otro al instante, sin conocerlo.



Salimos a las 13:45 como coche escoba por multitud de pueblos, de Galicia, el Bierzo y Castilla, fue fantástico descubrir A Rua, Ponferrada, Astorga, entre otros pueblos, y los preciosos paisajes que los envuelven.

Llegando a Madrid, llamo a mis primos y localizo a Alfonso, que me va a recoger. Aprovechamos las horas de las once a la una para cenar con él y mi prima Mari Carmen, su marido Juan y otros amigos, en su barrio a 15 minutos de la Estación Sur. Cumplí mi promesa de comerme un bocadillo de calamares como cada vez que piso Madrid, y me divertí mucho con ellos, sobre todo con mi primo Juan, que me miraba extrañado, sin decir nada. Yo adivinaba que no entendía que un rojo, como él, hiciera el camino. Explotó cuando incidentalmente comenté que no había visto al Apóstol: “¡Vamos hombre, ya decía yo¡ ¡Si no podía ser¡ Ahora ya me cuadra un poco la cosa. Si ya decía yo que no podía ser”. Claro tú has ido como mucha gente que disfruta con una cosa porque lo importante es que eso una a mucha gente. Fíjate yo, ¿quién me iba a decir a mí que animaría a la Selección poniendo en mi balcóncon una bandera que no sea la republicana?”.

Ahora el sorprendido era yo. El cansancio y la falta de tiempo impedían hacer muchas reflexiones, menos comunicar tantos encuentros con verdades y emociones que comunican el paisaje, los árboles, o los pájaros. Vi muchos pájaros, águilas y cuervos que me recordaba a la “Milana Bonita”, de Paco Rabal en los Santos Inocentes, suspendidos el los cables del teléfono. Buitres que se suspendían en circulo sobre mi cabeza, y respiro cuando que veo un zorro reventado por un coche que yacía recién muerto en la carretera. Leyendo los mensajes de la naturaleza, y conectando con ella mis emociones aprendí que todo lo que pasaba, me pasaba. Yo estaba allí, estaba vivo, y me sentía parte de la vida, aceptando todo lo que me era dado y, al mismo tiempo, dando yo de mí,

Cuidé mi cuerpo para que fuera el motor que necesitaba. Cuidé mi mente para que no fomentara el ansia y el deseo, ni el desánimo y la fatiga. Pero, sobre todo, cuidé de descubrirme a mi. A ese yo que no es mi cuerpo, que no es mi mente y mis pensamientos, a mi “yo interior”. El que observa y cuida a su cuerpo y a sus pensamientos, y los conduce por el mejor Camino.

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Una buena aventura

ochavo Comentario realizado el 18 de Diciembre de 2010 a las 12:12:29    Denunciar comentario
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