Ochavillo en las vivencias de Manuel Delgado
 
La vida, la pasión, la primavera.
 

Es primavera. Es tiempo de pasión, de olores siempre nuevos, renovadores; de colores vivos hijos de la lluvia y del sol que va ganando la batalla. Este tiempo me evoca la infancia, en la escuela, cuando un día por sorpresa los maestros organizaban un día de campo. También, en la juventud, cuando las niñas del invierno despiertan mujeres en abril. Son fechas de Semana Santa, que no es otra cosa que la explosión de los sentidos, de las emociones. Hay que sentir, dejar la razón en el armario. No pensar en la sinrazón de tanto oro, tanto boato, para adorar, al Príncipe de los Pobres, al látigo de los hipócritas, de los sepulcros blanqueados. Sangre y Oro, lágrima y flor, música y llanto, en tiempos que para unos son de fe y sacrificio y para otros de festivas vacaciones.

Un día descubrí que algunos de aquellos de los que hacían filigranas con una virgen y un cristo, de los que adoraban a los nuevos becerros de oro, eran también los que más aborrecían a sus semejantes, sobre todo si eran más pobres que ellos.

Pasaron los años y, coincidiendo con la transición democrática, hubo una crisis profunda de las liturgias de la llamada semana de pasión, hasta el punto en que los pasos salían generalmente motorizados.

Poco a poco la tradición se fue imponiendo y, mucha gente sencilla, creyente y alejada de otros intereses, encontraron en las cofradías una forma de llenar en parte sus vidas. Nadie con una mínima sensibilidad puede decir que no sea una maravillosa fusión de la mejor escultura, la música más exaltada en perfecta armonía con la danza de los costaleros junto a los perfumes de la primavera, esa gran obra teatral que sale por la calles de media España. Otra cosa es que esa manifestación cultural sea la mejor representación del mensaje de ese luchador por la justicia y el amor que fue Cristo.

Hoy me siento algo más cercano de las personas que sueñan con una tarde, noche y madrugada de exaltación del sinsentido de todo lo bello, pero siempre admiraré hasta la devoción a los verdaderos seguidores del sueño anunciado en el Sermón de la Montaña.

Todo lo anterior, poco tiene de aplicación a la Procesión del Viernes Santo de Ochavillo. Aquí todo, siempre, se aleja de los esquemas. Son muchas las anécdotas que podría referir en las que revivo a “Pepete”, dirigiendo el paso, el “Zamarron” quitándose el sombrero de ala ancha y cantando lo que parece una saeta, esa misma que borda la “Sole de Parejo”, y que el “Canin” modernizará recurriendo a Serrat, pero sobre todo las cosas que pasaban en las bullas, esos roces inadvertidos para todos menos para los que habían esperado el momento para entrecruzar los dedos, o él para abrazarla por el talle en una esquina oscura.

La vida, la pasión, la primavera.

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No solamente quiero manifestarte mi acuerdo con el tema, sino además, con la delicadeza con que lo tratas. El titulo que empleas lo dice todo y dejas abierta, con elegancia, la libertad de todos.

No registrado (José L.G.Castell) Comentario realizado el 2 de Abril de 2008 a las 17:37:53    Denunciar comentario

Manuel que grande y que sencillo eres, tu sigue en tu linea y no cambies nunca, pero a ver si nos puedes explicar esto que nos relatas de canin, aunque sea en las anecdotas (me parece que va a ser algo de eso).

No registrado (Manuel) Comentario realizado el 1 de Abril de 2008 a las 21:57:13    Denunciar comentario
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