Ochavillo en las vivencias de Manuel Delgado
 
Por estas fechas... matanzas y noches buenas
 

En estas fechas es normal rememorar que cuando los de mis pelos éramos unos chiquillos, en casi todas las casas era el tiempo de “la matanza”, enmarcando, antes y después, las navidades. A primera hora se hacía la candela en la se ponía a calentar el agua en un gran caldero sobre las “estrebes”, y esta candela y el aguardiente iban calentando por dentro y por fuera a los hombres que se habían puesto de acuerdo para el asesinato largamente premeditado de animal más generoso de la creación: aquel que lo da todo con total provecho nuestro.

Morían, a partir de doce arrobas, los machos que previamente habían sido capados por la afilada navaja del experto, que siempre era “El Guardilla”, quien con un corte certero en la piel dejaba a la vista y le extraía “los huevos”, a los que les daba muchas vueltas, y después de cortar los conductos los echaba al plato en los que quedaban rosaditos, con sus venas moradas. Para terminar aplicaba una almorzada de ceniza como antiséptico y cicatrizante, y cuando la cuadrilla de ayudantes soltaban al cerdo, este se iba corriendo en medio de gritos tan potentes como justificados. Cuando a los pocos meses vuelva a la mesa de operaciones las intenciones de dueño serán otras. Le habrán atado las manos con las patas y un lazo le impedirá abrir la boca, pero un lebrillo debajo de su cuello le dirá que en breve su sangre pasará, con otras partes de su cuerpo y mucha cebolla, de sus venas a sus tripas en forma de morcillas deliciosas.

Una vez muerto el animal nos dejaban participar a los menores en su afeitado. Después llega el turno de las mujeres cuando se abre al animal después de haberlo colgado de un palo que les atravesaba las patas entre el hueso y el tendón, el que nosotros llamamos de Aquiles. Cuando los intestinos caen al barreño en medio de vapores, ya están preparadas las mujeres y el agua templada, con vinagre y limón, que dejaran impolutas las fundas de los chorizos. Era costumbre dejar colgado al cerdo al frío de la noche para que se cuajara un poco el tocino y se oreara la carne. Ese día alguien en bicicleta llevaba una muestra al veterinario, pero sin esperar ese trámite algunos impacientes compartían con el perro su propia “prueba”. Tengo en mis pupilas gustativas el sabor de aquellos trozos de carne a la braza, que nada tienen que ver con lo que hoy se come.

A partir de ese momento cada uno seguía su propio guión, los hombres y las mujeres tenían repartidas las tareas y la abuela era la encargada de los aliños de las masas de los embutidos, heredera de la tradición de combinar los “avíos” con la grasa y la carne del cerdo. Todo ayudaba a apiñar más a la familia, a esa familia extensa compuesta por padres e hijos, amigos, vecinos, novias/os de los hijos/as, que formaban parte de una serie de rituales ancestrales, que, como la matanza, son parte de una cultura que está condenada a desaparecer con el “joyodepancaceiteyazúcar” , las orzas de morcilla en aceite, o de chorizo y de lomo en manteca.

Aquí, como en tantas cosas, hemos sustituido lo auténtico por lo falso, lo natural por lo industrial, lo nuestro por lo extraño. Cada día somos más dependientes de una cultura ajena, que ni siquiera es cultura, son sólo inventos para beneficio de unos pocos. Nos han robado nuestras celebraciones que, o son copias de las americanas, o están patentadas por El Corte Inglés, y que, como tantas cosas, me resultan más caras, más falsas y, sobre todo, más aburridas.

¿Quién, de más de cuarenta años de edad, puede reconocer estas navidades de ahora, a pesar del gordo de la lotería, si recordamos las de nuestra infancia?. Las comidas de empresa, y las cestas, el agotamiento de las tarjetas de crédito, los Santa Claus, Papas Noel, colgados de los balcones y la tortura de miles de anuncios televisivos, no pueden compararse con el recital de villancicos de un coro de campanilleros, o un simple grupo de chavales pidiendo el aguinaldo a las madres “caritas de rosa que no tienes cara de ser tan roñosa”, a aquellas reuniones de pandereta, zambomba y botella de aguardiente restregada con una cuchara, y “mira como beben los peces en el río”, y de casa en casa, aporreando puertas, a “esta casa hemos llegao setecientos en pandilla, si quieres que nos callemos saca veintitantas sillas”, y así la alegría paseaba por las calles, se paraba en cada casa, se creaba entre todos y entre todos se compartía, que “esta noche es nochebuena y no es noche de dormir, que …”

Recuerdo que una nochebuena yendo de casa en casa, quisimos entrar en la casa más pobre de Ochavillo, a la que nadie entraba porque seguro que no había dulces, ni aguardiente y además el padre tenía fama de “malas pulgas”. Les decían por mote “los ratos indios”. Sin embargo, primero la sorpresa y después la alegría se reflejó en los rostros de toda la familia cuando escucharon nuestro villancico “campana sobre campana….”. Nos recibieron entre risas y finalizado el villancico, ofrecieron lo que estaban comiendo: bacalao frito, que no quisimos porque sabíamos que era todo lo que tenían esa noche. Cantamos todo nuestro repertorio y la felicidad que vivimos con ellos nos duró mucho tiempo. Fue su mejor regalo. Nuestro mejor aguinaldo. Cuanto me alegro de que, según me he podido saber las cosas les fueran bien, a esos muchachos tan sencillos que iban a la escuela siempre limpios, con sus ropas raídas pero impolutas.

FELIZ NAVIDAD

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D.Manuel, he leido tu comentario, y a pesar de no tener esos cuarenta y tantos como dices, me he emocionado. has descrito con muchisima nitided y nostalgia, los tiempos de antaño, donde todos eramos mejores. Felicidades por tu comentario y feliz navidad

No registrado (JOSE) Comentario realizado el 22 de Diciembre de 2007 a las 09:47:06    Denunciar comentario
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