Ochavillo en las vivencias de Manuel Delgado
 
Nuestros cimientos, nuestras raíces.
 

Cuando decimos que volver al pueblo es volver a las raíces, estamos en lo cierto. Pero esa imagen metafórica, para mí es casi real cuando voy el día de “los santos” a Ochavillo para visitar el cementerio. Un cementerio son las raíces bajo tierra de lo que somos, allí vuelven a su origen las personas que un día fueron semillas de nuestro presente. La realidad pasada y presente de Ochavillo se ve en su Cementerio, por eso me gustó verlo tan cuidado. El futuro tiene su sitio preparado y la noticia anunciada en un cartel del regalo de unos asientos comprados por los niños de la banda de cornetas, vuelve a reconciliarnos con un modo de hacer las cosas en nuestro pueblo.

Ya sé que a mucha gente les dará grima hablar de muerte, cementerios, y no les parecerá apropiado; pero no es menos cierto que mis vivencias de Ochavillo, como las de cualquier ochavillero, han tenido que ver con la despedida de familiares y amigos, siempre seres cercanos, y son muchos los recuerdos en estas fechas de principios de noviembre, cuando hacemos ese carrusel de la nostalgia por los nichos de la memoria en nuestra última casa común.

No hay que negar la muerte, ni ocultarla. Para mí fue siempre un fenómeno muy presente: todos los entierros paraban en la puerta de mi casa y allí se daba la “cabeza”. Desde allí los deudos más próximos seguían hasta el final, mientras otros volvían sobre sus pasos, a veces a cumplir con el dicho: “el que va a un entierro y no bebe vino……”. Pero es que además, antes mucho más que ahora, la gente se moría en familia, como nacía en su casa, y los niños andábamos enredando en todos sitios donde se concentraba la gente. Por culpa de aquella curiosidad tengo grabadas las agonías y los duelos de mucha gente, que desde niño me hicieron pensar en la muerte, en su sentido y en su papel en nuestra existencia. Sobre todo, me parece que hemos perdido la capacidad de comunicarnos profundamente en esos momentos en que asistimos impotentes a la rendición de lo efímero, cuando no tenemos asideros que no sean los intangibles.

La vida es una bienvenida y un adiós continuos,”la vida es una rueda” dicen muchos mayores en el atardecer de sus vidas. Si somos tan prepotentes, tan egocéntricos, a pesar de una limitación tan radical; si la duración de toda nuestra especie es menor que la de cualquier montaña, infinitamente menor que la de cualquier astro, ¿cómo podemos sacar tanto pecho?.

Empecé estas letras por los santos y si no me apuro las terminaré por nochebuena. Una prueba más de lo que decía sobre la rueda de la vida, sobre todo ahora que la Navidad está a la venta desde agosto. A mi me gustaba más cuando la Navidad comenzaba la tarde de antes de nochebuena en la que nuestras madres se juntaban de improviso en la casa de una de ellas y comenzaban a hacer pestiños, flores y roscos, y nosotros nos organizábamos improvisadamente para pedir el aguinaldo de casa en casa.

Pero de eso hablamos en el próximo…. (¿?)

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tus escritos siempre me hacen añorar y echar de menos mi pueblo (La Ventilla), que aunque no es éste, es hermano. Siempre al terminar de leer me quedo un rato pensando y recordando anecdotas vividas de niña.¡Me entra una morriña!....A ti tengo que agradecerte , o quiza culparte del viaje relanpago que voy a hacer estas Navidades buscando un pueblo que quizá ya sólo exista en el recuerdo...bueno y en tus relatos.
¡Gracias por removerme el alma! Ah! Feliz Navidad.

No registrado (Mari Carmen Reyes Díaz) Comentario realizado el 23 de Diciembre de 2007 a las 03:39:35    Denunciar comentario

Gracias. El dicho, que es mentira, e incita al consumo alcohólico, es que "el que va de entierro y no bebe vino el suyo va de camino".

Lo debemos interprestar en el sentido de recuperar cuanto antes la normalidad y no quedar atrapados en el dolor: pasar página, continuar con la vida diaria..

En una ocasión fui a un entierro a Esparragal una aldea de priego, por la muerte del padre de una amiga. Durante el velatorio, la gente llegaban con cacerolas y sartenes tapadas, que eran depositadas en una habitación del fondo de la casa, junto al patio.
Cuando terminó el entierro la viuda, nos obligó a sentarnos a la mesa y sacaron el contenido de las sartenes, lo mejor de lo mejor, en comidas y postres. No he visto comer a nadie con más gana que a esa viuda, sus hijos y demás familia.

No registrado (Manuel Delgado) Comentario realizado el 4 de Diciembre de 2007 a las 10:31:33    Denunciar comentario

Estupendo relato relato Manolo, pero por favor, como acaba eso de "el que va a un entierro y no bebe vino.....", Gracias.

No registrado (Ochavillero) Comentario realizado el 3 de Diciembre de 2007 a las 17:18:35    Denunciar comentario
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