Ochavillo en las vivencias de Manuel Delgado
 
¡Va por ellos……que somos todos!
 

Cuanto antes debemos quitarnos de en medio la asignatura pendiente de aceptar que ese lugar hoy tranquilo de nuestra infancia y juventud, fue terrible por mucho que la memoria sea selectiva y vaya dejando en el pozo negro del subconsciente, escenas que hoy parecerían inaceptables; salvo si ocurren en los telediarios que, de tanto verlas, parecen de ficción, un simple adelanto de la película que viene a continuación.

Los niños de entonces expresábamos como podíamos el ambiente reinante en nuestros juegos. Hasta a mí me parece hoy mentira que nuestro primer juego fuera un apedreo, el primer juguete un tirachinas (le llamábamos“tirador”) que nosotros mismos fabricábamos con una “manilla” de adelfa y gomas que recortábamos de recámaras de bicicleta. Eran las peleas colectivas, primero por calles, después por pandillas, o individuales azuzados por los otros nenes más grandes con la excusa de untar con saliva la oreja del contrario. El resultado fueron muchos descalabros y brazos partidos, que en algunos casos terminaron en la Residencia, los afortunados cuando venían en la catalana lo primero que contaban era que para comer les ponían dos platos y postre, así que muchos estábamos deseando partirnos un brazo. Terminados los terribles años del hambre, los de nuestra infancia fueron años de escasez y muchos “deseos”. Que felices fuimos cuando nuestros padres pudieron darnos para merendar una jicarita de chocolate “Elgorriaga” con un canto de pan.

Pronto fuimos comprendiendo que eran los mayores los que se estaban llevando la peor parte en la dura represión de la dictadura. Se me viene a la memoria escenas duras que con el tiempo comprendí que era una mínima expresión de aquélla cárcel que era España en esa época.

Tendría cinco o seis años, estando jugando con otros en la puerta de mi casa, la que hoy es la tienda de mi hermano Julio, cuando apareció un caballo tordo montado por una figura terrorífica vestida de verde, (verde la capa y negro el tricornio), que arrastraba a tres hombres, que hoy recuerdo con ropas de trabajo, amarrados por las muñecas a una soga pasada por la grupa hasta la montura. Detrás otro caballo, otra capa verde, otro tricornio; en el momento en que se acercaban a nosotros para salir de Ochavillo hacia Fuente Palmera, irrumpieron nuestras madres, con la urgencia del miedo, nos arrastraron a las casas, y mi madre cerrando la puerta, con la fuerza de todo su cuerpo me mandó callar, inútilmente porque yo estaba petrificado.

Comentaron en la taberna de mi padre que una noche el sargento Rivera sacó a la calle a quienes les parecía a guantazos y patadas, por simple capricho, entre insultos y amenazas. En ese ambiente, de arbitrariedades, tan peligroso era la mínima rebeldía como buscar el pan de la familia cazando, rebuscando, criando ganado sin tierra propia en que pastara, y de cualquier otra forma que no fuera bajo el yugo del cacique. Lo más atroz que escuché una vez desde detrás de la barra, susurrado entre dos, era que a un pobre desgraciado le habían hecho comerse la cacería de pájaros con sus plumas, a guantazo limpio.

A comienzos de los años sesenta la guerra estaba presente en los tuétanos de los que la habían vivido. De tanto respirar por esa herida, ellos nos transmitían el olor a pólvora, las caras de miedo, los silencios espesos, y en medio de eso, poco a poco, también se iban cerrado las llagas y se normalizaba la convivencia bajo la atenta vigilancia de la tiranía.
Ahora sabemos de los sacrificios de aquellos que han vivido o crecido al lado de los verdugos de sus padres, hermanos, abuelos o tíos. Algunos llevan setenta años tragándose las lágrimas, la impotencia, y agachando la cabeza. Primero, por simple supervivencia y, tras la muerte de Franco, por su generosa aportación a la reconciliación de los españoles que ha hecho posible la democracia y con ella el acceso a la dignidad personal que les fue robada a todos, con la victoria del ejercito rebelde sobre su pueblo y el gobierno que éste se dio.

Hace treinta años que el pueblo español recuperó al derecho a participar en la construcción de su fututo y del bienestar del que hoy disfrutamos. Han transcurrido setenta años de la mayor tragedia de nuestra historia. Todos sabemos que los logros de la democracia tuvieron, inicialmente, el imprescindible ingrediente de la amnesia colectiva de los restos de ambos bandos en beneficio de todos los españoles de ese momento y de las futuras generaciones. El ejercicio del consenso y del pragmatismo ha dejado en las cunetas del olvido a miles de hombres y mujeres que esperaban el día de hacerse presentes en nuestras vidas para celebrar con nosotros que su muerte, sin sentido como todas las muertes violentas, e igualmente injustas, ha florecido en todos los que hoy condenamos esa parte cruel del ser humano y, en una España que, salvo raras excepciones, ha hecho del respeto a las diferencias y a las reglas democráticas su seña de identidad.

Por tanto, lo que hacemos al recuperar la memoria y dignidad de todos los sacrificados en el altar de la intolerancia es aportar al patrimonio de todo nuestro pueblo los valores de la aceptación de nuestra historia, sabiendo que somos hijos de ella y de nuestros errores.

El mayor error sería no asumirlos plenamente, creer que tenemos algo que temer por devolver a todos los españoles muertos la misma dignidad que tenemos todos los españoles vivos, después de treinta años de democracia. Muy al contrario, dando a los olvidados nuestro recuerdo y reconocimiento, devolviéndoles a ellos su buen nombre, y a las familias la poca justicia que piden, y se les puede dar, con el afecto y gratitud por su silenciosa aportación, recuperaremos la autoestima de país que perdimos con aquella salvajada.

Por eso es el momento inaplazable de la dignidad de todos, empezando por aquéllos a los que se la quisieron quitar con su vida. El resto, toda la sociedad beneficiada por ese olvido, la rescatamos cuando aceptamos que todo fue un inútil e inmenso error, y rectificamos lo poco que ya podemos.

Humildemente estas letras van por ellos, para hacerlos más nuestros, más de todos, y seguir caminando.

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El pasado domingo, fui a ver la película “13 rosas”, que narra la captura, interrogatorios, juicio y fusilamiento de 13 jóvenes, acusadas de pertenecer a las juventudes socialistas unificadas, que murieron al amanecer del día 5 de agosto de 1939, junto a otros 43 jóvenes con ellas sentenciados a muerte.


Es muy dura pero muy hermosa. Es un canto a la esperanza, a la alegría, a todo lo que da sentido a la vida, en medio del horror, y el odio más exacerbado. Es una película llena de matices y de detalles, que hay que saber apreciar porque ahí esta la clave. Esos detalles la hacen más humana, más jugosa y digerible, al tiempo que más real y más provechosa para el presente. Sorprende ver brotes de alegría, amor, compasión, generosidad, y por encima de todo afirmación de la esperanza en el futuro momentos antes de tener delante los fusiles. Y no es ficción. Las cosas pasaron así. Es un fiel retrato retrospectivo, de los roles de cada uno en la posguerra y de los pequeños triunfos del ser humano en ese ambiente inhumano.

Después de verla ratifico que la Memoria de lo ocurrido actúa como elemento liberador de los pozos del pasado, ya que todos ganamos haciendo nuestras a todas las victimas de esa tragedia. Ellos murieron por defender que España tenía derecho a la libertad que hoy TODOS disfrutamos.

Sales de la sala, con los ojos mojados, el corazón encogido, ves al resto de los espectadores que se mira, esboza una sonrisa que lo dice todo, sales reconciliado con lo mejor del ser humano que llevamos dentro, con esa fuerza que nos impulsa a seguir.

El futuro de España estaba dibujado en las caras de esas trece niñas, y su sonrisa vive hoy en nosotros.

No registrado (Mnauel Delgado Milán) Comentario realizado el 25 de Octubre de 2007 a las 18:39:57    Denunciar comentario
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