Ochavillo en las vivencias de Manuel Delgado
 
Nuestros años de escuela
 

Es septiembre. La vuelta al colegio de los niños, lo que hoy todos llamamos en nuestros trabajos el inicio del curso, y la lectura del artículo de Rafa Yuste: “Educar”, me mueven a recordar mis años de escuela, y a mis maestros: Bartibas, Don Diego, y algunos otros  voluntariamente olvidados.  Me veo yendo a la microescuela por la mañana, con mucho frío, llevando junto a la cartera, con la “Primera Enciclopedia” de Álvarez y una libreta, un jarrito de latón que usábamos para que nos sirvieran en él la leche en polvo que nos mandaban los americanos. En su base mi padre grabó, a punta de navaja, las letras “M.D.M”. Recuerdo el sabor extraño de ese polvo, pegado al paladar, al tomarlo directamente con las manos del saco guardado en la casa parroquial, en algún descuido del cura. Recuerdo mañanas de charcos helados, en diciembre o enero, jugando mientras esperábamos que la presencia del maestro en la puerta fuera la señal muda para ponernos en fila, cantar el “cara al sol” y entrar ordenados a una clase con techo de fibrocemento. En unos escasos cuarenta metros cuadrados en los que llegamos a estar más de cincuenta niños,  presididos por la Cruz, la foto de Franco, y el dibujo a carbocillo de José Antonio Primo de Rivera que pintó “Rafalin Camaño”.


Eran los tiempos de “la letra con sangre entra”. Todos los maestros pegaban, unos más y otros menos. El grado de sadismo o los métodos de corrección, de menor a mayor, iban desde “la cariñosa”, y la “muerte pelá” de Bartibas, a la tortura de un exseminarista nazi, que nos hacía tener pesadillas al recordar las palizas, propias o ajenas, padecidas un verano que nos dio clases particulares. Algunos padres visitaban al maestro para animarle a torturar: “Don Fulano apriétele, a ver si no me devuelve más que las orejas”. Parece que estoy viendo sufrir a mi amigo José Antonio Carrasco, con la cara roja de los golpes, chorreando sudor, babas y mocos, mientras de rodillas sostenía las piedras más gordas de los alrededores, con los brazos en cruz.


Sin embargo, la vida se abría paso, a pesar de todo, en los ratos robados al control de padres, de los mayores, pues entonces cualquiera estaba legitimado a golpear, reprender, chivar a su capricho o interés. En las horas de clase, los dictados, las lecciones preguntadas de memoria, las canciones, como la que empezaba: “España limita al norte con el Mar Cantábrico y los Montes Pirineos…..” , o las tablas de multiplicar y los rezos que se cantaban con la misma música, alternaban con los cortos partidillos del recreo, algún día de paseo por el campo. El día 2 de febrero era un disfrute porque el maestro Bartibas se hacía el loco cuando llegaba Paquito Reyes pidiéndole cuentas de lo que le formábamos en sus olivos al robarle la leña para celebrar  “La Candelaria”.


Nuestra generación puente en tantas cosas, vivió la revolución de las clases mixtas (niñas y niños juntos) que fueron admitidas a principios de los setenta.  Fue una liberación cuando pudimos compartir espacios de fantasía junto a ellas, con ese otro mundo lejano entonces, (más en mi caso ya que no tuve hermanas) en que las mujeres eran muy proximas a extraterrestres, un enigma. Esos años empezamos a respirar briznas de libertad anticipada.


Quizá a los que sufrimos aquella educación desde el miedo, para el miedo y la obediencia ciega, como reacción nos haya llevado a rechazar erróneamente como educadores, hasta el mínimo concepto y valor del sentido del deber. Quizá hemos trasladado a nosotros “la culpa”, de nuestros represores. Quizá hemos elevado al absoluto otros valores: la libertad y el inconformismo, que nosotros, torpemente, fuimos adquiriendo al tiempo que huíamos de la negrura de los tiempos del palo y tente tieso. No obstante, tenemos disculpa. Debéis saber los niños de hoy que hace sólo treinta o cuarenta años, aprender era más un privilegio que un derecho. Cuando, por una serie de coincidencias que quizá cuente en otro momento, pude ir a estudiar a La Carlota, y después a Sevilla, siempre recordaba a los que se quedaron alternando los pocos libros, con el mucho trabajo en el algodón y algunos tebeos alquilados a La Tortera. Por eso admiro a tantos hombres y mujeres de mi generación que han tenido que crecer solos para dar lo que no recibieron, que viniendo de la ignorancia y el miedo, desde su tierna infancia han generado luz, libertad, solidaridad y respeto. En ese camino hacia la dignidad y la alegría de un país del que ya no nos avergonzamos; del que ya empezamos a presumir, sin dejar de callar sus faltas, lo importante no fue el punto de partida, fue y es la voluntad de construir, y construirse cada uno, un mundo cada día más cercano a nuestros sueños. Mi consejo por tanto a los educandos de hoy, es que busquéis dentro de vosotros mismos, que desconfíen de los intentos de manipulación que, hoy como ayer, quieren adoctrinar. Que sigáis abriendo caminos, vuestros propios caminos, como lo hicieron vuestros padres: desde el respeto y la compresión de las circunstancias que a cada uno, les tocaron, nos han tocado, y os tocarán vivir.


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¡¡¡Sublime!!!
P.D.: REAL ACADEMIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA. SUBLIME: Excelso, eminente, de elevación extraordinaria. Se dice especialmente de las concepciones mentales y de las producciones literarias y artísticas o de lo que en ellas tiene por caracteres distintivos grandeza y sencillez admirables.

No registrado (ADMIRADOR) Comentario realizado el 18 de Septiembre de 2007 a las 09:26:11    Denunciar comentario
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