Ochavillo en las vivencias de Manuel Delgado
 
23-F
 

 Era mi primer día de trabajo después de mucho tiempo en paro. Un año más con dos hijos de 1 y 2 años, no encontré tajo de aceituna, pero Vilela hijo, con el que discutía de política, se dio cuenta de la falta que me hacía un jornal y me avisó para aclarar remolacha. El 23 de febrero echamos mano, cuando llegué presentía algo y le pedí a la Rosario del Negro un radio, para escuchar la investidura de Calvo Sotelo. No llevaba ni cinco minutos cuando se escuchó un rumor que fue creciendo, Tejero gritando, y empezó el tiroteo. En mi imaginación veía impactar los disparos no en el techo, sino en los cuerpos de los representantes del pueblo. Grité y maldije, me calmé para decir a mi mujer que llamara a su padre que viniera a por ella y los niños. Salí por el pueblo dando voces y avisando a la gente. La reacción fue poco tranquilizadora, mucho miedo y cada uno para su casa. El Seco salió de su casa en el momento que yo llegaba y ni me saludó, dando un bocado a un pero, y con un salchichón en el bolsillo de su chamarreta, pasó como un rayo por la puerta de la casa de su hermano en dirección al camino de Villalata. Su hermano celebraba, creo, el cumpleaños de una sobrina y al darle la noticia les corté el rollo. El Colorao no reaccionó, estaba con Currichi ordeñando cuando le avisé, le dije que estábamos en peligro y que la gente tenia miedo y si venían los fachas nos cogerían como a conejos. Siguió ordeñando. Di otra vuelta en la plazoleta me encontré a los que volvían de trabajar en Fibrotubo en los riegos, silencio temeroso y camino apresurado a casa. Lo tenía claro, tenia que huir, me prestaron un transistor, cogí el poco de dinero que teníamos, y mi familia se marchó al poblado con mi suegro. Recogí con mi coche a Antonio y salimos detrás del Seco. Al salir de Ochavillo me asaltó la rabia, me había despedido de mis hijos sin ninguna certidumbre de cuando los volvería a ver. Empecé a dar golpes al volante y a gritar, insultando a todos los hijos de puta que me estaban cambiando la vida en minutos, los mismos que seguro no dudarían en quitarme de en medio. Nos salimos del camino con el ataque de ansiedad, pero rápidamente volví a controlar el coche y antes de llegar a la carretera cogimos al Seco que subió al coche y seguimos para la Corregidora. Allí nos desviamos por el camino del soto en dirección al río. Cuando llegamos, escondimos el coche, y fuimos en dirección a Caño Plomo, donde sabíamos que podríamos cruzar el río cuando cayera la noche, para llegar a la Sierra si las noticias confirmaban que el Golpe se consolidaba.


 


         La Cadena Ser nos fue tranquilizando, no había habido heridos en el Congreso, empezaba a organizarse un gobierno con los subsecretarios, quiero recordar que ninguna noticia agravaba más la situación, y poco a poco esa fue le mejor noticia. Cuando menos nos lo esperábamos vimos llegar por lo alto de las barrancas un coche, menos mal que era inconfundible, era el coche del senador Jordam: el colorao. Llegó presumiendo de haber deducido que teníamos que haber pensado en Caño Plomo. Al poco tiempo decidimos que si en ningún sitio se habían producido incidentes, no sería la Colonia una excepción. De todas formas yo les dije que ellos se fueran al pueblo que yo iría a ver a mi familia a la Parrilla y después a ver que pasaba en Palma del Río. Allí comprobé que junto al Ayuntamiento unos treinta o cuarenta fachas brindaban con champán. Volví y me paré en el Mohino, allí estuve en el bar, entrando y saliendo, hasta que anunciaron que hablaba Juan Carlos y todos convinimos en que ya lo peor había pasado. El resto de la noche la pasé en el poblado de la Parrilla. Ver salir a los guardias por las ventanas fue la tranquilidad definitiva.


 


         Aquella mañana la gente aún estaba traumatizada, pero por la tarde ya empezaron los comentarios jocosos sobre nuestra salida del pueblo. Algunos de los mismos que respondieron con el silencio y la huida, cuando les propuse concentrarnos en la plaza la tarde anterior, ahora se echaban para adelante con una cruel mordacidad.


 


         No habíamos aprendido nada, todo estaba por hacer. Sobrevivir, aunque sea de rodillas era y sigue siendo la mejor opción para demasiada gente. Esos que dicen: “las mejoras bienvenidas sean si a mi no me cuestan nada, o casi nada”. Los que mantienen que tampoco hay que arriesgarse mucho para defender lo conquistado. Que es mejor votar al que no lo comprometa, ni lo responsabilice con sus problemas ni con su futuro. Lo bueno o lo malo, mejor que se lo den hecho. Esos que tienen bastante con votar al malo conocido y a rajar a quien le inquiete en su vida monótona que es siempre el soporte de las injusticias. Para que el mal triunfe solo es necesario que los inocentes no hagan nada.


 


         Nunca me dio la gana de vivir así: como un muerto viviente. Lo siento por los que no me entiendan pero yo estoy muy satisfecho con mi vida, a pesar de todo, y de tantos. He tenido muchos momentos muy malos, pero los buenos aunque escasos y breves, pero casi siempre compartidos, los viví tan intensamente que ellos han dado sentido a mi vida.   


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