Ochavillo en las vivencias de Manuel Delgado
 
Nuestra Feria (I)
 

En esa patria de los afectos, de las emociones vividas y evocadas, que es para mí Ochavillo, guardo un lugar preferente a nuestra Feria.

Es Ochavillo un pueblo que se ha definido, desde siempre, por su sentido tan especial de vivir lo lúdico, por ese saber participar en lo festivo celebrando la vida que triunfa sobre las urgentes necesidades de antes, y las ansias de necesitar de hoy. Eran, son nuestras fiestas, detenerse a ensalzar la vida, parar el reloj para encontrar al vecino, al compañero de trabajo, al ochavillero emigrante o al forastero que siempre vuelve, en la dimensión del hermano en el disfrute de una existencia que se rebela a ser rutina, a ser represión en la obediencia, a todo lo que siendo extraño a una vida plena y con sentido, se nos impone cada día de forma irremediable.

Eran estas las fechas en las que ya empezábamos a vivir la Feria. A vivirla esperándola ansiosos, de niños, porque venían “los volaores”, “las cunitas” o, ya más tarde en mi niñez, los coches de choque, que fue todo un acontecimiento. En la adolescencia y juventud, la feria era la promesa de que los amores secretos encontraran la ocasión para escaparse, de los pechos ardientes e inciertos, a las bocas, de los requiebros en la fuente a los paseos, de la cinta bordada, a colgarla en el cuello de la amada después de la carrera; de los secretos pecados al pellizco, el roce y el beso robado. Si, por estas fechas de mayo, soñábamos que ya nos despertaba la Diana Floreada de los músicos de Écija.

La vida, que siempre tuvo que ver con el amor y la guerra, encauzaba las rivalidades con los forasteros, llegada la feria, en forma de partidos de fútbol en el rastrojo más cercano. Todos estábamos pendientes de que la siega terminara para pegarle patadas a cualquier cosa, con el directo objetivo de machacar las cañas del trigo que se vengaban tiñendo de rojo nuestros tobillos. Era todo un poema épico conseguir el permiso del dueño, después la rifa para comprar el balón, y, los tiempos cambiaron cuando, por fin Ochavillo, los mayores tuvieron las primeras camisetas marrones con el típico pantalón corto azul, que era como el “mono” de los deportistas.

Aquellas tardes de Mayo eran para los hombres de toros en la tele, discusiones sobre el Cordobés y el Platanito, y caracoles en la “enramá” del bar de mi padre, del “frenazo” o de Ricardo. Para las mujeres, siempre más atareadas, era mayo el mes de encalar las casas, a veces después de venir de la escarda del algodón, que era la faena que nutría las escuálidas bolsas de nuestros padres. A los doce años, los de mi generación ganamos con ellas el primer salario después de pasar la dura prueba del “salmorejo”, un rito vengativo, una novatada cruel, de las mujeres que en los tajos sacaban las fieras que llevaban dentro, dejando correr las lenguas largas y el agua de los cántaros. Las recuerdo felices trabajando unidas en las cuadrillas. Allí se alentaban unas a otras para demostrar su fuerza primitiva, su alegría de vivir reprimida. Las recuerdo yendo en manadas de bicicletas por el camino de “la polvorilla” o de “las monjas”, pero también más tarde, en las furgonetas que hacía de taxi y de autobús laboral, mientras los hombres se habían motorizado con las Derbis verdes y colorás de Candiles. Aunque pagamos el pato cuando ellas tiraban el sombrero por alto, secretamente, la generación del 58 a la pertenezco, fuimos empezando a ser un poco cómplices en la pelea que todavía no había empezado por la igualdad de la mujer. Aquellos “sarmorejos” fueron un buen entrenamiento para ellas.

La temporada de primavera verano en el vestir no comenzaba pronto. Manolo, primero, y Fernando el “Comerciante”, después, no hacían el agosto hasta finales de Junio. Un poco antes las modistillas habían elegido las telas y los cortes, y después de la temporada fuerte de las comuniones, “Pepillo Pataleto” y “La Locadia”, se afanaban en completar, con botones y encajes, los vestidos de telas surtidas que un hombre amable y cojo les vendió “a dita”. La Feria iba tomando forma, para ellas se iba tomando el color de la tela de su vestido.

Los de siempre, como siempre, el cura y el Alcalde disponían, pero eran otros los que se ocupaban de lo más ingrato: “pedir pa la feria”, decorar la plaza, y preparar la procesión. Su recompensa era la felicidad de otros, la sonrisa de los niños en las carreras de sacos. En Ochavillo existen motivos para muchos, para darle la vuelta al dicho de que “tenemos muchas ferias”.

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